Mercado de sábado Costa Rica San José

El sábado fui al mercado solo por algunas cosas. De verdad. Nada importante. Solo algo para cenar. Tenía un plan bastante sencillo en mente: coger verduras, quizás un trozo de carne e irme a casa. Pero uno entra entre esos puestos y de repente todo se desmorona. Gente por todas partes, ruido, colores, alguien vende plátanos, al lado alguien fríe algo que huele tan bien que no tienes ni idea de qué es, pero aun así te apetece comprarlo.

Me quedé junto a un puesto mirando los precios. Algunas raíces, tomates, plátanos. Y al lado, un cartel escrito a mano con rotulador: „yuca 800 kg“. No sé por qué, pero estos carteles escritos a mano siempre me hacen gracia. Me recuerdan a los viejos mercados de Chequia. Pero aquí todo es un poco diferente. El ruido es mayor. El sol es más fuerte. Y uno suda más. Llevaba una chaqueta sobre la camisa y pensaba que quizás había sido una mala idea. Pero por la mañana todavía hacía frío.

En un momento dado saqué el teléfono. Quería apuntar algo. Creo que quería averiguar cuánto costaba realmente un kilo de carne en coronas, porque aquí uno siempre está calculando guaraníes en dinero checo. Pero mientras estaba parado en medio del pasillo mirando el teléfono, la gente pasaba a mi alrededor, alguien casi me chocó y el vendedor de al lado empezó a gritar el precio de los tomates. Así que volví a guardar el teléfono.

Al final compré más cosas de las que quería. Lo típico. La bolsa de repente pesada, uno prefiere pasarla por encima del hombro. Creo que llevaba rábanos, algunas hojas para ensalada, un par de plátanos y algo que cogí solo porque tenía buena pinta. Hasta hoy, en realidad, no sé cómo se llama.

Hay algo curioso en estos mercados. Nadie tiene prisa y al mismo tiempo todo el mundo se mueve constantemente. Un poco de caos. Pero un caos normal. Un vendedor discute el precio, alguien cuenta calderilla, alguien se ríe. Y tú te quedas ahí, con una bolsa de verduras, pensando que en realidad no necesitas un supermercado.

Quizás sea porque cuando uno vive un tiempo fuera de casa, empieza a percibir más las cosas sencillas. Como comprar en el mercado. O cómo alguien apila tomates en una caja. O que alguien te da un plátano y ni te pregunta si lo quieres, simplemente lo tienes en la mano.

En un momento dado me sorprendí a mí mismo parado en medio del pasillo, mirando a mi alrededor. Gente, colores, puestos. Y pensaba que originalmente solo había venido a por carne.

Y me voy con medio mercado en la bolsa.

Así que lo de siempre. Una compra normal. Nada planeado. Solo el mercado, el calor, una bolsa de verduras y el teléfono en el bolsillo, que en realidad ni necesitaba.

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